Continuidad de los parques - PruébaT

Continuidad de los parques

Julio Cortázar

Aprende a distinguir un cuento y cómo leerlo para comprender mejor lo que lees.

Instrucciones

Este ejercicio consta de dos partes; en la primera encontrarás una lectura, y en la segunda una serie de preguntas sobre la misma.

  1. Lee con atención todo el texto las veces que sea necesario.
  2. Puedes resaltar las partes que te resulten complejas o importantes y así localizarlas fácilmente y volver a ellas cuando sea necesario. Para ello selecciona el texto como harías normalmente en el dispositivo que estás usando.
  3. Las palabras destacadas con negritas incluyen una definición o nota explicativa sobre lo que estás leyendo; para ver la información haz clic sobre ellas. Intenta con la palabra convexo, en el ejemplo de la siguiente pantalla.
  4. Una vez que hayas leído el texto, haz clic en el botón “continuar” para resolver la segunda parte del ejercicio. No te preocupes, puedes volver a la lectura y consultar lo que subrayaste cada que sea necesario.
Ejemplo

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades [...]

Continuidad de los parques

Julio Cortázar
*Adaptado con fines didácticos

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a su vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el compañero, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con, pero él rechazaba los cuidados, no había venido para eso, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Una vez que hayas leído todo el texto, da clic para continuar con la segunda parte del ejercicio. Si es necesario puedes volver para consultar las notas, definiciones y subrayados que hiciste.

    ¡Ahora ya sabes identificar un cuento y en qué poner atención cuando lees uno!

    Si te gustó, puedes buscar más sobre este autor o cualquier otro escritor. Explora la plataforma PruébaT y encuentra más material de lectura y otros textos literarios igual de interesantes, o ¡anímate a escribir los tuyos!